Musicoterapia para el Alzhéimer

La música, aliada del recuerdo

Bienestar Social inaugura en la Casa del Mar el primer centro de Asturias que tratará con musicoterapia a pacientes con alzhéimer

 

M. MANCISIDOR 
 

 

La música es la mejor terapia contra la demencia y, bien usada, es el arma más eficaz contra el olvido. De ahí que en Avilés se acabe de estrenar un programa pionero en Asturias y dependiente de la Consejería de Bienestar Social para el tratamiento a pacientes con alzhéimer en el nuevo Centro de Día «Ría de Avilés», ubicado en la primera planta de la Casa del Mar. Si bien los talleres de musicoterapia no se ofrecerán hasta septiembre, los monitores de los primeros cinco usuarios del centro demostraron ayer para qué sirven dichas terapias.Ayudados por un teclado, un saxofón e instrumentos de percusión, los pacientes entonaron canciones de romería, de sus años de juventud. Todos se sabían las letras y, algunos, hasta los bailes. Por un momento, el alzhéimer quedó relegado a un segundo plano. La voz adquirió más fuerza que el sufrimiento y las familias de los usuarios respiraron aliviadas.

La directora del recién inaugurado centro de día, Esther Fernández Riera, explicó que la responsable del proyecto de musicoterapia es la Fundación Don Pelayo, dedicada al estudio de la música y su divulgación. Los usuarios del centro -añadió- disfrutarán de este servicio un día a la semana y contarán con el apoyo de un psicólogo y dos músicos. El fin de las terapias es uno, pero complicado: ayudar a las personas con demencia a rememorar su pasado. «Los pacientes con alzhéimer pasan por diferentes etapas y algunas se caracterizan por su agresividad o nerviosismo. La música contribuye a su relajación», explicó. Además, los usuarios recibirán atención gerontológica y social.

Con la apertura del centro de día, el Principado estrena un nuevo servicio que la consejera de Bienestar Social, Pilar Rodríguez, vinculó a la ley de Dependencia. El nuevo servicio «específico y monográfico permitirá colaborar con las familias de los pacientes de alzhéimer», que generalmente soportan el peso de su cuidado. Dependiendo de su deterioro, algunos pacientes permanecerán más que otros en el centro y todos ellos serán derivados por su neurólogo. Tras el de Avilés, el Principado pondrá en marcha dos más en Turón y Lada. La música será, en cualquier, caso la mejor aliada del recuerdo.
 

 

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Manolo García sabe ganarse a su público

«Conciertus interruptus»

Los problemas de sonido marcaron el recital de anoche en El Bibio de Manolo García ante 6.000 personas

 

Gijón, Emma BERNARDO / Óscar G. CUERVO
Momentos antes de la aparición de Manolo García cientos de brazos estaban arriba coreando sus temas. Luces azules y silbidos de un público con ganas de música precedieron a la esperada salida del cantante barcelonés. «Buenas, muy buenas, ¿qué ye, ho?», fue la tarjeta de presentación de un Manolo García que no tardó en demostrar su energía levantando el micrófono, quitándose la cazadora y haciendo aspavientos con ella o, incluso, encaramándose ligeramente en la estructura del escenario.Algunos problemas técnicos en la quinta canción, «Morder el polvo», no hicieron perder los nervios al protagonista de la noche, ya que el público rompió el silencio aplaudiendo y gritando «¡oé, oé, oé!» y cantando el «al coger el trébole, el trébole, el trébole…». En menos de diez minutos parecía haberse solucionado el problema que fue definido por el músico con un «coitus interruptus»: «Llamémoslo conciertus interruptus». Y de vuelta, más problemas técnicos con un Manolo García que seguía improvisando, esta vez como si fuera un mimo, ya con el segundo parón. Siguió con la broma y se brindó entonces a «un cambio de postura»: volvió con «Contigo me quedaría» y consiguió quedarse cantando con las 6.000 personas que mantuvieron la calma durante el silencio obligado.

Después de «A lo lejos del río» sacó la bandera de Asturias y saludó a los vecinos de las Cuencas. Su complicidad fue notable durante las casi tres horas de recital, que continuaba al cierre de esta edición.

Muchos artistas no pueden presumir de la larga e importante lista de fans que Manolo García posee, tal y como quedó demostrado ayer en El Bibio. El cariño, el respeto y la admiración son los rasgos más destacados de sus seguidores, que incluso no dudan en visitar Gijón para ver al antiguo líder de «El Último de la Fila». «Venimos desde Vitoria y sólo podemos decir que es el mejor», comentaban Luis María y Henar. «Ya hemos estado en doce conciertos, todos los discos, todas las canciones son especiales», añadieron. Y no es para menos. Todos coinciden en señalar la singularidad de cada uno de sus directos. «Me encanta Manolo. Todo lo que hace es increíble. Me gusta todo, todo y todo», manifestaba, entre risas, Mauro, de Gijón, un «fanático del cantante barcelonés que se vuelve loco cuando escucha “San Fernando”».

Otros, caso de Irene que venía desde Avilés, se quedan con dos temas en especial, «Pájaros de barro» y «Niña Candela», y con el carácter «comprometido» del cantante. «Manolo ye grande, muy grande», sentenciaba la avilesina. Eugenia, de Laviana, toda una afortunada que tiene un cuadro del artista en casa, reiteraba ayer a LA NUEVA ESPAÑA su pasión por el músico. «Soy muy fan, me encanta como músico y como persona, lo sigo desde que cantaba en “El Último de la Fila”, aunque lo prefiero a él solo».

Con o sin fanatismos, Manolo García ha conseguido vender más de ochenta mil discos, logrando el disco de platino para su última publicación, «Saldremos a la lluvia». «El mejor artista español de todos los tiempos», como diría Miguel, otro apasionado del «pop rock con sello propio» de Manolo García

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Test de asturianía

Turista de Madrid

 

ANTONIO JOSÉ

Paseando por el casco antiguo de Oviedo junto a su esposa y unos amigos, así encontramos a Antonio José, y ahí mismo le hicimos el test de asturianía ante las risas de sus amigos.

-¿Qué es más prestosu: un culín de sidra o un puñáu de ablanes verdes?

-El culín de sidra es mejor. Lo otro no suena bien. A mí lo que sea verde como que no, que eso suena a verdura.

-¿Tendría miedo de espicharla en una espicha?

-No. Pero tampoco sé lo que es.

-¿Qué pensaría si le dicen que está como un paxu de figos?

-Que estoy muy bueno. ¿Es eso? Los figos son higos y están buenos.

-Si le invitan a unas marañuelas, ¿aceptaría?

-Mejor alubias, que eso no sé lo que es. Es lo mismo. ¿No?

-¿Iría usted a tomar el sol a Gulpiyuri?

-Sí. Si que la conozco, es una playa muy bonita.

-¿«Tini» es un dibujo animado?

-Sí, puede ser.

-¿Se podría una montera picona para ir al Sella?

-No, no, a mí lo de la montera no me va. Eso es lo de los toros. ¿No?

-¿Es usted de los de orbayu, o de los de sol asgaya?

-El orbayu, que el sol me sienta muy mal.

-¿Qué significa que te pasaron les lecheres?

-Que te has levantado tarde. Es eso, ¿no?

-Si yo le digo da-y zapatu, ¿usted que hace?

-Pongo cara rara. No sé. Te doy un beso.

 

Un pequeño homenaje

Hay personas que van formando parte de nuestra vida y a lo largo de los años les vas cogiendo cariño. Una de esas personas era “Don Julián”. Con él hice la primera comunión, realicé los trámites para casarme -él no pudo casarnos por encontrarse en ese mes de vacaciones-,  y bautizó a mi hijo. Fue compañero de partida de cartas de mi padre y aún recuerdo, sin poder dejar de sonreír, el “numerito” que montaron ambos en el bautizo de mi hijo. Era alguien entrañable que se ha ido en silencio y de improviso, pero que ha dejado en muchísimos de nosotros una huella imborrable. “Don Julián” dales un beso enorme de mi parte cuando los veas, con mi padre podrás reiniciar las partidas, y otro para ti con todo mi cariño.

Articulo del períodico La Voz de Avilés

Fallece de forma repentina Julián Ron, párroco de La Magdalena desde 1962

Fue encontrado por sus familiares muerto en su despacho. El funeral se celebrará mañana en su iglesia y será presidido por el arzobispo de Oviedo

J. GONZÁLEZ| AVILÉS

 

El párroco de La Magdalena, Julián Ron García, falleció ayer en su domicilio a los 70 años de edad. A falta del resultado de la autopsia, todo parece indicar que sufrió un ataque al corazón. Según explicaron a este diario personas próximas a la familia, su cuerpo fue hallado por unos familiares con los que solía comer a diario, entre los que se encontraba uno de sus hermanos, y que, extrañados por su tardanza y por la imposibilidad de contactar con él, decidieron dirigirse a la casa rectoral de la iglesia del polígono de La Magdalena, donde residía. Allí pudieron observar a través de una ventana el cuerpo sin vida del párroco, sentado en la silla de su despacho.

Al lugar acudieron de inmediato personal médico forense y de la policía judicial, que tras acceder a la vivienda por una ventana, verificaron el fallecimiento del sacerdote. Su cuerpo fue trasladado al tanatorio de La Carriona, donde se le habría de practicar la autopsia para verificar las causas exactas del fallecimiento.

Julián Ron García había nacido en la localidad tinetense de Navelgas hace 70 años. Sus tres hermanos recordaban ayer en la casa rectoral en la que falleció cómo llegó a Avilés apenas dos meses después de ordenarse sacerdote en abril de 1962. «Llevaba aquí toda una vida», comentaban. Ayer expresaban su incredulidad por lo súbito de su muerte, pues gozaba de un buen estado de salud. «Tenía sus achaques, como todo el mundo, pero hacía vida completamente normal», indicaba uno de sus hermanos, con el que, como prácticamente todos los días, compartió cena la noche anterior.

Julián Ron fue objeto el pasado domingo de un homenaje popular organizado por sus vecinos en el restaurante La Parra. El local se quedó pequeño para acoger a todas las personas que quisieron sumarse a un acto que buscaba sobre todo el demostrar el cariño que le profesaban sus feligreses y cuantos le conocían. No en vano, Ron era uno de los sacerdotes más carismáticos de la comarca, siempre pendiente de todo el mundo, y dispuesto a una palabra amable para quien se acercara a él. Además, siempre se prestó a colaborar en cuantas iniciativas se le presentaron por parte de asociaciones o grupos de vecinos de la villa.

La noticia de su repentino fallecimiento se extendió de inmediato en toda la ciudad, entre muestras de pesar y de incredulidad.

En principio, se ha previsto que se celebre un funeral por el párroco fallecido en la iglesia de La Magdalena mañana sábado a las cuatro de la tarde, con la presencia del Arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, que presidirá las exequias fúnebres. Posteriormente, el cadáver será trasladado a la parroquia de San Juan de Navelgas, donde a las siete de la tarde será celebrada una nueva ceremonia. Su cuerpo recibirá a continuación cristiana sepultura en el panteón familiar de su localidad natal.

Pero antes, a las dos de la tarde, quedará instalada la capilla ardiente de don Julián en el templo parroquial de La Magdalena, con el fin de que sus feligreses y cuantas personas lo deseen puedan darle el último adiós. Hasta esa hora, la capilla ardiente está instalada desde la tarde de ayer en la sala número cuatro del Tanatorio de Avilés, en El Montán.

Gomaespuma pionero en la red

Guillermo Fesser: “Cuando la gente no sabía qué era Internet, yo tenía página web”

El humorista integrante del dúo “Gomaespuma” presenta su libro ‘A cien millas de Manhattan’ y confiesa su interés por la tecnología

MIGUEL ÁNGEL MEDINA – Madrid – 08/06/2008

“La web de Gomaespuma es una de las pioneras de este país. La creamos en 1995, cuando mucha gente en España creía que Internet era una marca de camisetas”. Con este ejemplo resume Guillermo Fesser -cineasta, escritor e integrante del dúo homónimo- su relación precoz con la tecnología. Un cariño por lo digital que comenzó con su primer ordenador, hace más de 23 años.

“Tengo ordenador desde hace muchísimo. El primero que tuve fue allá por 1985, de aquellos con la pantalla verde. Mi primer portátil lo compré en Estados Unidos, en 1991, y no tenía ni Windows, porque el programa acababa de salir y en la tienda me dijeron que eso no servía para nada”, explica el humorista.

Fesser, que acaba de publicar A cien millas de Manhattan, cuenta que esta obra “no existiría sin Internet”. “Mientras estuve en Estados Unidos, tomé muchas notas de lo que veía, pero cuando volví a España, tuve que comprobar o completar esos datos, y eso sólo lo podía hacer a través de la red”. Así, ha podido consultar muchas fuentes “e incluso hacer entrevistas a través del correo electrónico o comprar libros norteamericanos”.

Un ordenador que borra libros

Sin embargo, el también cineasta no ha sido inmune a los problemas con la informática. “Hace seis años, estaba escribiendo un libro, y cuando ya lo había terminado, se me borró completamente. La verdad es que ya no me acuerdo ni de qué iba, así que no sería tan bueno”, dice con ironía.

Si tuviera que pedir un deseo a la tecnología, Fesser apostaría por lograr el teletransporte. “Me gustaría que la tecnología permitiera viajar con inmediatez, porque acabo de volver de Australia y he pasado más tiempo en el avión que allí”. “Aunque, por otro lado, creo que está bien así”, reflexiona, “porque lo bonito de cada viaje es el recorrido, llegar sin un intermedio sería muy raro”.

 

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Hombres como los de antes

No siempre quienes frecuentan el bar de Lola son tíos. A veces se cuela alguna torda canónica, segura y brava, de las que entran taconeando –o no– con la cabeza alta; y cuando un desconocido les dice hola, nena, sugieren que llame nena a la madre que lo parió. Hace un par de semanas entró María: cuarenta largos y una mirada de esas que cortan la leche del café que te llevas a la boca, o deshacen en el vaso la espuma de tu cerveza. «¿Y qué hay de los pavos?», me soltó a bocajarro. «¿Qué hay de esos tiñalpas ordinarios marcando paquete y tableta de chocolate que parecen salidos de un casting de Operación Triunfo, o de esos blanditos descafeinados y pichafrías que pegan el gatillazo y se pasan la noche llorándote en el hombro y llamándote mamá?»

Eso fue, exactamente, lo que me preguntó María apenas se acodó en la barra, a mi lado. Y como me pilló sin argumentos –estaba distraído mirándole el escote a Lola, que fregaba vasos tras el mostrador– me agarró de un brazo, llevándome a la ventana. «Observa, Reverte», dijo señalando a un cacho de carne de hamburguesería que pasaba vestido con chanclas y camiseta andrajo de marca, zapatillas fosforito, los pantalones cortos caídos sobre las patas peludas, rotos y con la bragueta abierta y el elástico de los kalviklein asomándole bajo los tocinos tatuados. Luego señaló a otro que pasaba con una mano en un pezón de su novia y el móvil en la otra. «Fíjate», dijo. «Fulano indudablemente buenorro, cuerpazo sin deformaciones de bocatería; pero ha decidido ponerse pijoguapo de diseño y te partes, colega. Y no te pierdas el meneíto leve del culo, aprendido de la tele. Antes imitaban a Humphrey Bogart y ahora imitan a Bustamante. ¿Cómo lo ves? Te apuesto lo que quieras a que si la novia tropieza, o lo que sea, lo oímos cagarse en la hostia y decirle a la churri: joder, tía, ¿vas ciega o qué? Casi me tiras el Nokia.»

Volvemos a la barra, María enciende un cigarrillo y me mira de soslayo, guasona, mientras pide una caña para mí y un vermut para ella –«Con aceitunas, por favor»–. Luego me echa despacio el humo en la cara y pregunta, para emparejar con Ava Gardner y compañía, dónde están ahora aquellos pavos con registros que iban de Clark Gable a Marlon Brando. Aquel blanco y negro, o technicolor, donde lo más ligero que una se echaba al cuerpo era el toque ligeramente suave y miope del James Dean de Gigante. Porque daba igual que en la vida real –el cine era el cine, etcétera– alguno tocara al mismo tiempo saxofón y trompeta; el rastro que dejaban era lo importante: Rock Hudson siempre correcto, servicial y enamorado. El torso de Charlton Heston en El planeta de los simios. Los ojos de Montgomery Clift en aquella estación de Roma, donde estaba para comérselo. O, pasando a palabras mayores, Burt Lancaster revolcándose en la playa con Lana Turner, Cary Grant en el pasillo del hotel con Grace Kelly, Gary Cooper a cualquier edad y en donde fuera o fuese, y algún otro capaz de descolocar a una hembra como Dios manda y hacerle perder los papeles y la vergüenza: Robert Mitchum en El cielo lo sabe, por ejemplo. «¿Ubi sunt, Reverte?».

Y no me vengas, añade María mordisqueando una aceituna, con que eran cosa del cine. También en la vida real resultaban diferentes. «Esos hombres que antes se habrían tirado por la ventana que ir sin chaqueta y mostrar cercos de sudor, ¿los imaginas saliendo a la calle en chanclas o chándal, con gorra de béisbol en vez de sombrero que poder quitarse ante las señoras?… Añoro esos cuerpos gloriosos de camisa blanca y olor a limpio, o a lo que un hombre deba oler cuando, por razones que no detallo, no lo está. No era casual, tampoco, que en las fotos familiares nuestros padres fueran clavados a Gregory Peck, o que hasta el más humilde trabajador pareciese cien veces más hombre que cualquiera de los mingaflojas que hoy arrasan entre las tontas de la pepitilla que se licúan con Bruce Willis, con Gran Hermano o con tanta mariconada. ¿Qué iba a hacer hoy Sophia Loren con uno de estos gualtrapas? Hasta los niños de antes, acuérdate, procuraban caminar con desenvoltura, espalda recta y aire adulto, para dejar claro que sólo los pantalones cortos les impedían ser señores y llevarnos de calle a las niñas. Hablo de hombres de verdad: masculinos, educados, correctos en el vestir, silenciosos cuando la prudencia o la situación lo requerían; torpes, tímidos a veces, pero fiables como rocas, o pareciéndolo. Aunque te miraran el culo. Hombres con reputación de tales, que te hacían temblar las piernas con una mirada o una sonrisa. Señores a los que, como tú sueles decir, era posible llamar de ese modo sin tener que aguantarse las carcajadas; a diferencia de ahora, que en los rótulos de las puertas de los servicios llaman caballero a cualquiera.»

Arturo Pérez-Reverte

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Cocineros a la gresca

Santi Santamaría critica a Ferran Adrià y denuncia el «fraude» de la nueva cocina

El chef dice que muchos colegas «colorean» el plato en vez de cocinar

 

Oviedo
Cocineros a la gresca. La entrega de un premio, un acto que en pura lógica suele contener mucha diplomacia y poca virulencia, se convirtió anteayer en un ataque más conceptual que personal, al que seguramente habrá respuesta. Santi Santamaría, uno de los grandes nombres de la gastronomía española, calificó de «fraude» culinario los experimentos de muchos colegas que, dijo, en vez de cocinar «colorean» los platos. Santamaría, colaborador habitual en el «Magazine» de los domingos en LA NUEVA ESPAÑA, chef del restaurante catalán Can Fabes, con tres estrellas Michelín, recibía en Madrid el «Premio de Hoy» de ensayo por su libro «La cocina al desnudo». Santamaría denunció el uso de productos químicos en la oferta gastronómica de calidad y, en concreto, se refirió a la metilcelulosa, un producto que, dijo, está en la cesta de la compra de muchos de sus colegas más renombrados. Todos pensaron en Ferran Adrià, otras tres estrellas Michelín. «Le tengo un enorme respeto, pero también tengo con Ferran un divorcio enorme, conceptual y ético. Va en una dirección contraria a mis principios».Santamaría denunció el «todo vale». «Los consumidores exigimos saber qué es lo que comemos». Santamaría habla claro y asegura que por esto mismo acaba «silenciado y excluido»: se ha quedado fuera del programa gastronómico del Pabellón de España de la Expo de Zaragoza. Su pecado, haber dicho cosas del gremio como que «somos una pandilla de farsantes que trabajamos para distraer a snobs y estamos vendidos a la puta pela».

 

 

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